Una llave que cambió de manos a las nueve y media
A las nueve y veintisiete, la consellera de Agricultura, Marta Blanes, giró la llave de hierro de la puerta principal del número 12 de la calle de Sant Vicent Màrtir, en Ruzafa.
Detrás esperaban 34 puestos cubiertos con tela verde. Un centenar de vecinos había madrugado para ver el interior de un edificio clausurado desde 1993, y la llave pesaba casi un kilo.
El inmueble, conocido como el Matadero Viejo, perteneció al Ayuntamiento hasta 2007, cuando lo vendió por 4,2 millones de euros a la sociedad Inversora Levantina SL; desde entonces acumuló tres expedientes de ruina, dos sentencias judiciales, un incendio en 2019 que dañó la cubierta de la nave lateral y una presión vecinal constante que nunca logró que el consistorio explicara en público qué pensaba hacer con un espacio que se caía a pedazos mientras el barrio crecía a su alrededor. La cooperativa Hortanostra ha firmado una concesión de 40 años a cambio de 380.000 euros anuales.
Lo que más ha cambiado para los vecinos es la esquina. Antes había un muro ciego y un aparcamiento irregular. Ahora hay una plaza de 600 metros cuadrados, once naranjos y una fuente que reutiliza agua de lluvia.
La asociación vecinal de Ruzafa había pedido ese espacio abierto en 2016 y en 2019. Sin éxito.
Los puestos y lo que se vende dentro
Dentro, la nave de 1.400 metros cuadrados conserva las vigas de hierro originales de 1902 y el suelo de hormigón pulido.
Los puestos se reparten en dos alas: en la izquierda están los productores de fruta y verdura (La Huerta de Benimàmet, Ca Pepica de Alfafar, Sucs i Arrels de Torrent), y en la derecha, pescaderos de El Palmar y un obrador de pan con masa madre que hornea dos veces al día. Cada puesto paga una cuota mensual de entre 240 y 610 euros según los metros, y cuatro de los 34 adjudicatarios son jóvenes que se incorporan por primera vez a la actividad agraria, según los datos que facilitó ayer la Conselleria.
Nuria Tamarit, de 29 años, cultiva cuatro hectáreas de alcachofa en Alaquàs y ocupa el puesto número 7. "Vendíamos solo a granel. Aquí podemos hablar con quien nos compra", explicó Tamarit mientras colocaba cajas de alcachofas de la variedad Blanca de Tudela.
El horario será de martes a sábado, de ocho a quince horas, con una tarde semanal los jueves hasta las veinte. La cooperativa calcula recibir 2.500 visitantes diarios en los primeros meses. Si se cumple, sería el tercer mercado de productores con más afluencia de la ciudad, por detrás del Mercat Central y del de Russafa, y por delante del de Algirós.
El litigio que sigue abierto en el juzgado
No todo está resuelto. La antigua propietaria, Inversora Levantina SL, mantiene un contencioso administrativo ante el Tribunal Superior de Justícia de la Comunitat Valenciana por la reversión del inmueble, y su abogado, Fernando Císcar, sostiene que la venta de 2007 incluía una cláusula de retorno si el edificio no se destinaba a uso cultural en quince años, un plazo que según el Ayuntamiento prescribió en 2022 y que la empresa sitúa todavía vigente porque, argumenta, el uso cultural nunca llegó a materializarse.
La vista oral está fijada para el 14 de enero de 2027. Si la empresa gana, la cooperativa podría perder la concesión y el consistorio tendría que indemnizar.
Fuentes municipales cifran el riesgo máximo en 6,5 millones de euros. Una cantidad que no está consignada en el presupuesto vigente. "El edificio está en manos públicas. Eso no se toca", dijo el concejal de Patrimonio, Vicent Almela. Los cooperativistas conocen el pleito y lo asumieron antes de firmar: la concesión incluye una cláusula que les permite rescindir el contrato sin penalización si una sentencia firme anula la cesión, y la Generalitat ha prometido acompañarlos en ese escenario.
Lo que el barrio gana y lo que teme perder
Ruzafa tiene 47.800 habitantes censados y ha perdido 1.200 residentes en cinco años, según el padrón de 2025, con una presión turística que ha expulsado a vecinos y ha multiplicado los pisos de alquiler corto en calles como Cuba, Cádiz o Literato Azorín, donde el precio del metro cuadrado se ha duplicado desde 2019.
El mercado llega en un momento delicado. Algunos vecinos temen que se convierta en un reclamo más para visitantes y no en un servicio para quien vive allí.
La asociación vecinal ha pedido a la cooperativa que reserve los miércoles para residentes con descuento del 10% y que instale un punto de recogida de pedidos online. La cooperativa ha aceptado lo primero y estudia lo segundo. También ha comprometido 12 puestos de trabajo fijos, cinco de ellos para personas con dificultades de inserción laboral, en colaboración con la Fundació Nova Vida.
El edificio se llama ahora Mercat de Sant Vicent. Nadie en el barrio lo llama así. Todos dicen el Matadero. El cartel original de 1902, restaurado, preside la entrada. Debajo, una placa nueva recuerda los nombres de los cuatro arquitectos que han intervenido en él en un siglo.
Lo que viene después del verano
La cooperativa prevé abrir en septiembre una segunda fase en la nave lateral, la que se quemó en 2019. Allí se instalará una cocina comunitaria y un aula de formación agraria con capacidad para 40 personas.
El presupuesto de esa fase es de 740.000 euros, financiados con fondos europeos Next Generation y con aportaciones de los propios cooperativistas.
Mientras tanto, el mercado abre cada mañana. Ayer, a las once, ya habían entrado 1.100 personas y se habían agotado las existencias de tomate de pera de Ca Pepica. Pepica Soler, la titular, tiene 67 años y llevaba 40 vendiendo en mercados ambulantes. "Este es el primer sitio fijo que tengo", dijo. Guardó una caja de tomates bajo el mostrador para una clienta que había llamado por teléfono.